lunes 12 de septiembre de 2011

Mermelada de ciruela

Se acabó el verano. Los niños empezaron en el cole (lo hicieron el viernes, de aquella manera a modo de prórroga en un partido de basket, por lo que aún pudimos disfrutar todos juntos un último fin de semana estival), pero hoy ya es definitivo; comienza el curso y la vida se viste de nuevo de cotidiano. Los nómadas de mi familia acampamos en el Polígono X en un día soleado, diez años y un día después de la tragedia que cambió la historia. Luego hablaré de ella.
Porque mi primera aportación de este nuevo curso es para la mermelada de ciruela. La abuela de mi esposa, todo un ejemplo de trabajo y dedicación a la familia, con sus noventa y ...¡uf, tantos años!, sigue diariamente apostada en el centro de su casa sin cejar en el cuidado de los suyos. Prepara una mermelada de ciruelas con paciencia y tiempo, lentamente, que hace las delicias de nuestros desayunos el resto del año.
Toda familia tiene sus anécdotas domésticas. Para la nuestra, el verano del 2011 se podrá resumir con el título "mermelada de ciruela": ya en carretera, comenzando los viajes estivales, la mermelada de ciruela no había sido despositada entre la mercancía que nuestras mulas transportaban porque "parecía que ocupaba demasiado"; ¡un botecito, con lo que llevábamos!.
Lejos de convertirse en una rémora o recriminación, entre todos la revestimos de comprensión, risas y mucho cariño. No hubo desayunos con mermelada de ciruela este verano, pero no hubo desayuno en el que no lo recordáramos con gracia e incluso retranca amistosa; mas no hubo desayuno que no lo recordáramos porque todos los desayunos los hicimos juntos. Faltaría la mermelada de ciruela, pero no faltábamos ninguno de nosotros.
Hoy, día después del décimo aniversario de las diez horas que conmovieron al mundo en el comienzo del S. XXI, queda el sabor amargo de haber hecho exactamente lo que querían aquellos asesinos, abocar al mundo a una espiral de violencia y odio, de guerras sin sentido.
No soy un lince. Nunca he presumido de ello, tampoco idiota; a mí (probablemente porque lo escuchara de algún conterturlio, opinante o informante de aquellos momentos, aunque ese pensamiento ya estaba rondándome desde antes que colapsara la primera torre) me pareció que con el ataque a las torres gemelas se pretendía precisamente eso, la confrontación bélica. Era una provocación tan grosera (tan grave, tan dramática, tan asesina) que no entendí cómo la respuesta no era, sobre todo, reflexionada y analizada, y me espantó la inmediata alocución de guerra que Bush impulsó desde su segunda intervención.
En fin, un mundo nuevo, en crisis económica además por los excesos desregulatorios de la teorías (¡y las prácticas!) más conservadoras quu el mundo jamás haya visto, fué parido aquel día. Menos mal que aún me queda la (no) mermelada de ciruela de este maravilloso y familiar verano de 2011.

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